27.12.12

Irse



Bendícenos, Señor, a los que tenemos poco tiempo y mucho futuro.

Tienes que complacernos, Señor, porque así somos,
impacientes y desvergonzados. Porque hemos sufrido.

Ya sabemos que no todo es estar drogados en las montañas,
no todo es hacer mapas de nada y pensar en la nada y sentirse vivos.

Lo hemos aprendido por las malas, Señor. Hemos cambiado.

  Bendícenos, Padre, a los enemigos de la esperanza,
a los que nos fuimos, a los que renunciamos,
a los descerebrados por el virus del miedo,
a los que solo vemos en el presente la escoria del mañana.

Me duele la mandíbula cuando recuerdo lo pequeño que era mi país.
Mi país era una diosa de cemento a la orilla de un río envenenado.
Era jugos vaginales, paisajes degollados: intermitencias.
Yo creía que mi país estaba en mi cuerpo
pero mi cuerpo es incorruptible y no hay país que sea un cuerpo. 

¿Recuerdas, amor, todos esos días viajando solos,
mirándonos a través de ventanas que no eran nuestras?
Solo teníamos que resistir un poco más, olvidarnos de nosotros.

“Ya tengo en mí los pasajes. Ya tengo en mí tu pared de calma.
Hold on, darling, you’ve got to hold on”.

Mi país es el poema más grande que he escrito.

Esta ciudad me da hambre, todo me acelera el corazón,
cualquier cosa me encandila durante horas. Ya no soy
el tipo paciente de antes. 

             En Union Square me he sentido un ácaro industrial,
un parásito de hierro manchando de óxido
la entrada de una boutique.

He llorado, me he quedado ciego, estuve en coma, puedo jurarlo. 

Esta ciudad me hace adorar la falsedad y la cólera.
Camino de noche y lo quiero todo,
quiero la sangre de la vida.
Odio mucho, pero odio con glamour.
Soy la mitad de un fantasma y el mundo me sigue ofreciendo la vida.

Irse, porque no soportamos el silencio del sol,
la carne indiferente del universo.
Irse, porque lo perderemos todo si no nos partimos los huesos.

Ocean Beach, hay barcos formidables
deslizándose detrás de la bruma.
Duele seguir con la mirada esos ángulos rectos, los veloces containers.
Hay látigos verdes sobre la arena, cadáveres translúcidos
y dementes que agitan los brazos entre las olas como babosas de mar.

Salivamos. Huimos. Solo pienso en salvarme, no en hacer caminos.
No hay caminos; hay cosas pasando, ruido. Mis oídos no soportan
el alarido de los rieles cuando atravieso la bahía.
Las grúas se iluminan, la bahía se ilumina.
Así son los puertos de Oakland. Blancos. Lejanos.
Veo esas cosas y enloquezco.

Irse, querer cualquier cosa, despertar con un agujero en la mano
y sentir que llevamos 29 millones de años
esperando el gran meltdown. Un final bello, monstruoso. 

Estaremos bien, no nos perdamos.
Nuestras crisis son las mismas
y todas las ciudades se caen a pedazos.

Escúchenme bien, lo diré una vez más: todas las ciudades
se caen a pedazos. Solo permanece el deseo. 
Mi deseo está ahí, deseándome como loco.
Me encanta distinguirlo, poseerlo, recorrerlo.
Lo violaría, con ruido,
sintiendo en mis manos su carne tibia, su extensión sedienta.

Bendícenos, Señor, a los que te hemos traicionado.
Sálvanos de la pobreza, sálvanos de la desesperanza.
Sálvanos, Padre, de Barcelona, sálvanos de Madrid,
sálvanos de San Francisco, de Nueva York, sálvanos
de Buenos Aires. La beatitud no es más que un sueño violento,
pero tu salvación es puro misterio,
un gueto abandonado que hemos venido a poblar.

La costilla de la ciudad es un viento gris.
Los barcos se frotan como gatos, se untan de almizcle.
Quise buscarte entre la arena
y me quebré en dos como un pez verde.

Dime qué somos, amor, fuera de los barcos,
“Soles pacíficos, mujeres de piedra”. Todo es brillo,
no saber lo que se dice,
perdernos en la ciudad todos los jueves, extáticos,
buscando una planicie, lugares anchos para respirar y redimirnos.

8 comentarios:

Maily Sequera dijo...

Santiago, vale, no sé, no quiero decir nada intenso pero no me aguanto. Me reconozco aquí porque siempre rezo por ustedes, por mí, que me he quedado pero que también, poquito a poco, me voy. Ya ni sé dónde ando. Ahora mismo voy a compartir este poema. Es de los buenos. Lo sé porque me ha encantado y lo detesto.

Emila Persola dijo...

Lindo, Santiago. Una consulta, tenes twitter? llegué acá por una casualidad de hashtag en Instagran con lo de #DevenirAnimal
saludes @eatea

maria alejandra cabello dijo...

Quedarse

Bendícenos también Señor a los masoquistas
ampara nuestra integridad,
ilumínanos para reconocerla y protegerla
como a un tesoro.
No nos queda nada más.
Poco a poco nos hemos ido despellejando
ahora andamos por las calles
con la piel en carne viva.
Nos miramos y nos compadecemos de tan precario aspecto,
creo que ya ni queda lugar para la lástima.
Sólo nos queda la piel ardiendo como insolada
sensible a tal magnitud que ni a metros de distancia somos capaces
de soportar una mirada.
Se nos deshidrataron los ojos,
ahora segregamos miradas intolerantes.
Nuestros ojos nos delatan porque no creemos que el cuerpo aguante y eso,
eso es peligroso.

No nos quedó nada.
Mi país es el poema más largo que jamás voy a terminar de escribir
está enquistado en mi pecho
y por eso entiendo que puedas creer que tu país es tu cuerpo.
Aunque no haya país que sea un cuerpo.

Quedarse es aquí una paradoja.
Nos quedamos con pretensiones de irnos, pero nos quedamos.
Con miedo seguimos apostándonos
porque ya no nos queda nada ajeno al cuerpo que apostar.
Y lo estamos dando.
Nos estamos sacrificando.
Por eso las palabras quedarse o irse vivirán por siempre incrustadas con Venezuela en nuestro pecho, aquí o allá.
Esa enorme cicatriz no se borrará jamás,
quedarse o irse son las dos sinónimo de desasosiego.

Algo se nos alborotó dentro,
ya podemos despedirnos de la tranquilidad plena.
Estamos condenados a vivir con esa picazón, con esa sensación de mutilación
porque tanto aquí como allá hemos sido castrados.
La sanación le corresponde a las próximas generaciones,
mi papel ahora es parapetear mi cuerpo desecho
y cuidar todos los días que la Venezuela enquistada en mi pecho no llore.
Mantenerla al margen del límite que pisó para que mi hijo no herede el dolor
sino el valor y el amor que le tengo.
Un sermón anticomunista no le bastarán para comprender por qué
nos quedamos o nos fuimos,
una alergia crónica al color rojo tampoco.
Hay que buscar la manera de que mi país enquistado no siga dañando.
Sólo así creo que sería posible transmitirle la seriedad de la identidad y su espacio,
y el eterno y profundo yugo que implica la palabra patria.

Tiempo sin pasar por tu blog Santiago, me encantó este poema. También pienso que es de los buenos porque me inspiró. Un abrazo desde aquí.

Santiago Acosta dijo...

Muchas gracias por tu excelente remake, María Alejandra. Me alegró mucho leerte. Muy acertado todo lo que dices, además. Ojalá el Señor nos escuche.
Un fuerte abrazo,
S.

Ninoska Martinez dijo...

Como venezolana me enorgullezco de ti, Dios te bendiga por todo lo lindo que expresas en tus poesias, Te deseo lo mejor, lo máximo por el aporte y legado que dejaras al mundo antes de partir.

Santiago Acosta dijo...

Muchas gracias, Ninoska. Un abrazo muy fuerte,
S.

maria alejandra cabello dijo...

Ojalá! jeje tienes otro medio por dónde publiques tu nuevo material? luego paso tiempo sin meterme en tu blog y me lo pierdo.

Hania Molina dijo...

Que hermoso lo que escribes.