18.7.09

Claudia Sierich: El sentido imposible de la voz



El lector que se acerca a Imposible de lugar (2008), primer poemario de Claudia Sierich (Caracas, 1963), se encuentra con un lenguaje sacado de quicio, que sólo puede comprenderse desde el abandono de cualquier idea de comprensión o de pertenencia a un cuerpo mayor de la lengua. Este libro exige una lectura particular, una manera precisa de acercarse a sus imágenes aparentemente incapturables. Como ya nos lo advertía Julio Miranda en Vida del otro (1983), “el poema es una trampa de sentido / que captura nada”. Por ello resulta significativo que el poema de Sierich titulado “El sentido de las cosas” (p. 55) hable de un “fondo oscuro”, un mar nocturno, “linternas errantes”, “tenues conos de luz” y “señas danzando nada”. Ahí está dispuesta, cual bruma, una noción particular del sentido en la poesía; aquél que surge luego de que un conjunto de cosas nos han tapado la vista, distrayendo nuestra búsqueda de la solidez que (por convención) debe tener todo sentido. Esa bruma del poema de Sierich nos lleva a leer de otra manera, entrando de lleno en lo personal de la voz.

Maurice Blanchot, en El diálogo inconcluso (1969), dice que la voz del poema “...no sólo despide representación, sino, de antemano, sentido, aunque no logre hacer más que entregarse a la locura ideal del delirio” (p. 414). La voz poética, la voz de la imagen, puede hablar desde un espacio anterior a los significados unívocos, exactos o convenidos, sin dejar nunca de despedir sentido. Por ello, quien pretenda extraer de los poemas de Claudia Sierich un supuesto “mensaje”, se alejará de ese sentido que germina en el hermetismo de sus versos. Deleuze y Guattari apuntaron que Kafka sometió al idioma alemán a un “tratamiento de lengua menor, construyendo un continuum de variación” para “hacer tartamudear la lengua, hacerla ‘piar’…, desplegar tensores en toda la lengua, incluso escrita, y obtener de ella gritos, chillidos, alturas, duraciones, timbres, acentos, intensidades” (Mil mesetas, p. 106). Variación, desencajamiento, entretejimiento, espanto, re-trazado de orillas, de mapas que nos muestran una lengua agenciada por el poema, ahuyentando lo que sabíamos sobre la imagen, sobre la belleza, la razón, el español y la poesía. Sierich crea una lengua menor desterritorializando una lengua mayor, espantándola, atenuándola para crear en el poema un estilo: una lengua dentro de otra que nos deslumbra porque la desconocíamos. En otro poema, Sierich dice: “Ahí adentro se gestan / atrocidades no permisadas / vocablos irrebatibles / engendros con/sentidos” (p. 44), como si estuviera consciente del sometimiento que veían Deleuze y Guattari en la lengua transferida y desencajada de Franz Kafka, y de todo ese engendrar de sentidos y chillidos que el escritor checo de origen judío provocaba en la lengua alemana. Sierich los llama “el murmullo de idiomas entrelazados” (p. 14). A su vez, la voz de Imposible de lugar intenta enlazarse a las cosas, a la gente, y sobre todo a los lugares. Pero no sabemos si lo logra. Estar imposible de lugar es como estar dis-locado; que nos resulte imposible tener un terreno, quedar siempre como sacados del gozne que nos da sentido, que acalla lo que no pertenece a un cuerpo, territorio o lengua mayor: el espacio de la extranjeridad.

Siento una gran cercanía entre la poesía de Claudia Sierich y la de dos poetas venezolanas de los años setenta: Emira Rodríguez, autora de Malencuentro, pero tenía otros nombres (1975), y Lucienne Silberg, una poeta venezolana de ascendencia francesa, muerta mucho antes de cumplir los treinta años, quien dejó unos pocos poemas que Juan Liscano tradujo en 1976, los cuales contienen una equivalente carga poética demoledora de lenguas y de sentidos. De la poética contenida en las tres voces pudieran hacerse interpretaciones muy similares. Como sucede en el libro de Emira Rodríguez, en Imposible de lugar son comunes las referencias a hierbas comestibles, especias, frutas, flores y aves diminutas. ¿Por qué en ambos libros, en los que parece que la voz estuviera a punto de dejar (dejar de decir, de estar, de sonar), ésta vuelve su rostro (el rostro de la voz) hacia esos elementos, como para detener su caída con ese tacto, apoyándose en esas íntimas naturalezas como en un báculo desde el cual decir, nombrar y sostenerse? Quizá estos elementos naturales sean lo más nombrable que tiene el mundo, por su consistencia y su cercanía real, física, con aquello mismo que intenta decirlos: la boca, el estómago.

La boca cumple en algunos de los poemas de Claudia Sierich un doble papel: el de nombrar y el de engullir; es decir, una función que conjura, fraguando, y otra que devora, borrando. Otro poema del libro comienza de la siguiente manera: “A la vez el pozo ofrece su boca negra / y cuando quiere fauces caminar a mi lado / ruge rayo adentro ábrete Sésamo / tan crispa corozo el abismo / bostezando otro espanto” (p. 7), y más adelante aparece una “copa salobre sangre en la boca / erizo triturado crisálida abandonada / poema silbido” (p. 10). Por eso, cuando la voz de la poeta dice “Yo desbocada / hacia regiones que intactas / murmuraban sumergidas…” (p. 11), no podemos evitar leer en ese “desbocada” una doble imagen: la mudez y el desenfreno; la primera causando el segundo, o al contrario. Desbocarse, verbo equino, se refiere al momento en que el caballo deja de obedecer porque se le ha dormido la boca. El jinete pierde toda capacidad de mando y desde ese momento el caballo es el guía, aunque no exista otra dirección que el desenfreno, o sea, el desconocimiento de la severa barra que quiere frenarles la boca. Por eso tanto pozo oscuro, amenazante: “hundí pozo en tu fondo insaciable / imágenes separadas / alhaja de impresiones secretas” (p. 19), y también tanto sorbo, comida, agasajo y mordisco. Todo es el lenguaje dormido, su lugar como un sabor; el de su imposibilidad. Así, como sobre un caballo borracho, Claudia Sierich se va por esas regiones “intactas” que “murmuran sumergidas”, como hacia una catástrofe.

[Reseña publicada en el "Papel Literario" del diario El Nacional, el sábado 18 de julio de 2009]

Tres poemas de Claudia Sierich

Trato cotidiano
Quién convocó aquí a estos personajes
por qué se han permitido usar
el tiempo y la sustancia de mi vida
Álvaro Mutis

A la vez el pozo ofrece su boca negra
y cuando quiere fauces caminar a mi lado
ruge rayo adentro ábrete Sésamo
tan crispa corozo el abismo
bostezando otro espanto.

Hay golondrinas que anidan bajo el techo.
Parecen livianas, ligeras de pensamiento.

Recojo una hoja de palma seca
fruto de oro la trastoco bandeja de golosinas
y sobre el canto del mismo cántaro callo
con un tris de sal marina
el sopetón del sinsabor.

La mesa está servida. Llegan los comensales.
El ángel abre su luminoso ojo en silencio.

A tavola brisa de agua
la maga el melodioso y la niña parlanchina.
Un nuca escanciados gestos aéreos
con humor tintinean tan bate los manteles
reza rubí algo de sombra a la sombra.

También la tarde se da la vuelta crisálida.
También la mano puede quieta en flor.

Cuando de las hojas se vuelca la hora
una noche grande valle la copa
bebe hondo goteando
cóncavo el día de puntillas tropelía
jugó la gran jugada el gran hacedor.

Cuál será tu pregunta ahora que serme
va casi de una forma casi esta vez
_________________________hasta suficiente

***

Cascada noche toda marzo

No me desheredes

El sol y el día ya sospechan de mí, lo sé

Me bebas, beberte otra vez
y también de tu agua
para mi corazón
manojo de horas imposibles
y un extraño
hasta el último horizonte

No me desoigas

Espuma noche aún incierta, ya no inocente

Porque de mí dependes
al yo pender en ti
hundí pozo en tu fondo insaciable
imágenes separadas
alhaja de impresiones secretas
y formas perfectas

Y te rocié de sed hereje
noche pozo tu agua.

***

Incitables

Lentas crujían las casas de la ciudad como galletas.
Al ritmo del tintineo de las cucharas
sobre el plato de la sopa
se difunde la cosa, el leve chasquido del líquido
fluir en mil cordones umbilicales por si pudieras oír
corazones de chicharra latiendo.
El goteo incesante percute su día desde la boca del grifo
y en las hojas rezagadas sobre el asfalto la escoba rasga
un nunca pasar de un paso atrasado.
Por entre el susurrante se propaga inexacto
que no se puede otro gruñir, estómagos
pegados al espinazo suenan melodiosos
arcos antes de herir las cuerdas
mientras un hongo gigante crepita bajo la tierra
un chistar un rechifle blandiendo sentencias
que no se saben. Cuáles son
las conversaciones, los tratos del resoplo
dejado por una sílaba rota
que rueda el ánimo, un cuchillo
silba ronca sisea se afinca
con el aliento de la piel de cebolla.

Y las olas ermitañeando en su concha
caracolada el mar.

Los oídos absortos bajo el quedo escándalo
el blanco zumbido

trazan veloces geometrías
en el transparente
y se apalabran

Sierich, Claudia. Imposible de lugar. Caracas: Monte Ávila Editores, 2008.
Ganador del VI Concurso para Obras de Autores Inéditos
de Monte Ávila Editores, 2008. Mención Poesía.