22.8.06

Cuatro poemas

Imagen: Sea Urchins, por J. W. Lowry



En el ruido
retrasa tus ojos

Saldrás del cruce
de rodillas
y sin sombrero
pero con la blanca
manera de soltar hacia arriba
tu mano abierta.

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Cruza sin que el tallo acueste
ni se abra un gesto en vez del cuerpo

Deja que esa cadena de piedra
estalle en breves tripas

hasta que escapar sea
verde
como si respirar fuese el aire.

...........................................................

Siempre que atravieso tus pasillos
me alcanza
un puñado de ventanas nerviosas

Al fondo vigila una lámpara
negra como una garza de tinta
que se eleva entre sillas
y santos

Sentarse ahí es el asma hundida
bajo un techo que finge crecer.

...........................................................

Entre las muelas de la tarde
crece la piel
de los nunca delatados
incendios

Mandíbula
único arco que se inflama
también tengo que llevarte.


Del poemario Detrás de los erizos (2007)



Imagen: Cortes esquemáticos del erizo de mar (Paracentrotus lividus)

Siete noches


1


Estoy en una ciudad europea bajo la cual corre mucha agua gracias a un impecable sistema de drenajes y alcantarillas. Es una mezcla entre Madrid, Venecia y el centro de Caracas. Me asomo a dos desagües y veo lo mismo: tiburones muertos, podridos contra las rejas de los drenajes. Los dientes se les han comenzado a caer y el olor es insoportable.


2

Estoy en una playa y entro en un tronco inmenso y podrido. Se me acerca una especie de hongo-anémona, blando y hermoso, que comienza a frotarse contra mi rostro. Al principio me inquieta que pueda ser venenoso, pero dejo que se frote cada vez con más fuerza, como si estuviera excitado. Se va poniendo rojo. Tiembla. Estalla en colores. Se convierte en una muchacha, dormida y satisfecha. Yo me quedo mirándola, enamorado hasta el mareo.


3

Estoy con mi madre en un museo. El lado izquierdo del pasillo es una vitrina llena de vasijas y tejidos primitivos (pero impecables, casi falsos). El lado derecho es una vitrina llena de objetos modernos como armas, carpas y lámparas de excursión. Mi madre va examinando tejidos, frotando vasijas, volteando todo lo que hay en el lado izquierdo, como si buscara algo auténtico o un grano de polvo. Suena una alarma.


4

Estoy en casa de mis abuelos. En una de las repisas de la biblioteca hay un grupo de pichones de pato. En el suelo hay muchos conejos. Debo estar alerta porque si un pichón llega a caer al suelo los conejos se lo comerán. Y se caen a cada momento. Tengo que levantarme varias veces a recogerlos porque los conejos están hambrientos y los miran, inmóviles.

5

Estoy acostado en una cama que no es mía en una casa que apenas conozco. Detrás de mí, en una cama más pequeña, duerme un niño de once años. El televisor muestra una coreografía de mujeres desnudas. Me duermo. Sueño que entra una estampida de toros descomunales, suaves y blancos. Atraviesan la casa. Afuera dos hombres guían a algunos hacia la derecha y a otros hacia la izquierda. En ese momento me quedo dormido. Sueño que uno de los toros me lame la oreja, saboreándome y acariciándome con sus belfos tibios. Despierto. Vuelvo a despertar. Finalmente, despierto.

6

Estoy en una isla. Sobre la arena encuentro un huevo esférico y transparente: dentro hay una mínima tortuga congelada en un cubo de hielo. Abro la esfera y desecho la tortuga; mi novia me lo reprocha. Luego organizo un bolso negro y digo que voy a buscar a mi león. Quiero buscar a mi león para pasearlo por la playa, digo. Lo encuentro dormido y acaricio su pelaje dorado y ensortijado hasta que se despierta. Le pongo el arnés y comenzamos a caminar. No sé si tendré fuerza para aguantarlo. Quizá esto sea peligroso, pienso. Se suelta. Corre hacia un grupo de gente.

7

Estoy en una habitación de hotel. Es hora de irme. Recojo mis miles de cosas y las voy metiendo en una maleta. Balones de fútbol, guías telefónicas, máscaras de arcilla. Descubro que la gaveta de la mesa de noche tiene un doble fondo. Lo levanto y debajo encuentro unos lentes, que confundo con los que mi padre ha perdido hace unas horas, pero no son. También encuentro cartuchos de balas y recortes de periódico del día anterior. Golpean la puerta.

Sansón y los tractores

Imagen: Black Dog in Corridor, gettyimages.com

La mujer se menea, apurada. Las piernas de la mujer dan grandes zancadas que taconean el silencio. Debe estar pensando que la persigo. Quizá piensa que los pasos que escucha a sus espaldas son de unos ojos que la miran, unos ojos descomunales que le pisan los talones y es de noche. Pero decir que le pisan los talones es una exageración. Estos pies que se arrastran son de unas manos que van en dos bolsillos, buscando, y por más que buscan no encuentran el encendedor. Dónde habrá quedado, qué pantalones tan apretados, cómo hará esa mujer con la circulación. Estos pies que se arrastran son de unos ojos que van por un pasillo desolado. Un pasillo desolado siempre es algo notable, deja de ser pasillo y se convierte en pasadizo, como si el chorro de gente tuviera algún poder sobre la naturaleza del lugar. Sin embargo hay en el aire una especie de rumor, de zumbido oculto de criatura del día en plena noche, de brisas frías de cuerpos que pasan sin pasar, haciendo sentir que detrás de esos pasos que se oyen resuenan otros pasos que ya no son de uno.
Los recuerdos son algo que penetra sólo porque encuentra la puerta abierta. Por eso, en este pasillo, que no tiene nada de banco, me dispongo distraído a recordar a un hombre, una especie de hombre con quien me he encontrado las últimas dos veces que he hecho cola para cobrar un cheque. Me contó que era tractorista, y lo decía hincándose en las consonantes. Me contó que había trabajado en la construcción de un centro comercial que hoy en día suele visitar, hijas en mano y esposa al cinto, todos bizcos, atentos a la bola de helado que amenaza siempre con enfriarles las narices. La segunda vez que lo vi no me habló. Pero cuando me asomé sobre su hombro, quizás para, al fin, averiguar cuánto dinero ganaba un tractorista, descubrí que en cada mano tenía seis dedos. Del centro de cada uno de sus pulgares nacía otro más pequeño, inservible, que se doblaba como un signo de interrogación.
Fue una sombra enana lo que me sacó de ese banco. Inmediatamente supe quién era, el roce de su sequedad contra el suelo de cemento lo delató al instante. Me gusta llamarlo Sansón. Slap slap slap, sus negros pasitos no alcanzaron a resonar tanto como mis pasos en este pasadizo techado a las ocho y media de la noche.
A esta hora puede uno asistir a un discreto espectáculo. Las inmensas cajas azules que se alinean como un pelotón a punto de arremeter contra la pared de enfrente, de reventarse y abollarse en un estruendo fantástico, están desatendidas. Las inmensas cajas metálicas están llenas de libros. Las cajas están cerradas. Si fuesen las cuatro de la tarde yo estaría esquivando a tres profesores, siete estudiantes y dos cafés con leche y mi cabeza estaría permanentemente girada hacia la izquierda, leyendo títulos, pensando qué caros están los libros. Pero no hay nadie en el pasillo. Uno podría, a esta hora y con la ayuda de un pequeño tractor, llevarse todas esas cajas. Todas las cajas amontonándose, haciendo chispas en medio de la noche y todo eso fielmente retratado en el retrovisor del tractor, si es que los tractores están provistos de esa clase de espejos. Y si uno tuviera la costumbre de llevar un soplete a todas partes, sería fácil abrir las cajas y seleccionar, pasar toda la noche seleccionando. Pero me gusta más lo del tractor, alejarse silbando. Es como para salir en las noticias.
Sansón roe un inmenso hueso. Había otro perro, igual de negro aunque más grande y con collar. Una perra, creo. ¿Dónde estará? Sansón roe un inmenso hueso. Sansón no es un perro sato, como algunos creerían. Sansón no es un perro afeitado, como otros asegurarían. Sansón es un Chino crestado enano, así se llama esa raza. Si viviera en una casa acomodada sería amasado día a día con protector solar y cremas humectantes, porque eso es lo que recomiendan los libros. En cambio, algún desprevenido ha confundido su calvicie con alguna clase de sarna, y día a día lo tiñe con negro aceite quemado. ¿De qué sería capaz Sansón frente a un espejo? ¿Se ladraría hasta quedar exhausto? Sansón roe un inmenso hueso. Si Sansón no fuera tan debilucho, yo pensaría que ese inmenso hueso no es más que los restos de la cadera de su compañera, la otra perrita que ahora no se sabe dónde está y que quizá chilló roncamente, incrédula, cuando Sansón le brincó encima y la despedazó para siempre.
Pero ese hueso sanguinolento, Sansón, no es de perro. ¿De dónde lo sacaste? Siempre que me atrevo a acariciar tu cresta, esa maraña seca que me deja los dedos negros, tú cierras los ojos y levantas el hocico como si quisieras oler algo al final de la manga de mi suéter. ¿Qué imprecisa sarna llevas en la piel desnuda, Sansón, que te hace tan original, tan mirable? ¿Una sarna invisible, milagrosa, abstracta tal vez? Sansón: allá en el fondo del huequito en que duermes, en donde apenas reluce un débil brillo que recuerda a dos ojos, no te pareces en nada a ese cuerpecito negro que siempre meneas alegremente (slap slap slap) como si no supieras, como si quisieras ignorar que eres el perro más feo que jamás se haya visto. Ven, Sansón, ven aquí, acompáñame a buscar un tractor pequeño, pero uno que sea fácil de manejar, porque tú sabes que yo con esas máquinas, ni te cuento.

Página 185

Imagen: Sandía Roja (PN), por Titi Pedroche


1
Hace un sol del carajo. Sebastián conversa con Ana en el área de la piscina. El muchacho habla de sus profesores de bachillerato y Ana lo escucha aburrida, mientras piensa en Maracaibo Smith, Jamaica John y otros personajes de novelas de piratas. A estribor, en la costa, se sigue viendo la silueta de Valparaíso. La gaviota que al zarpar volaba junto a la torrecilla principal ha desaparecido. La intriga continúa: los marineros no dejan pasar a los camarotes. Virus de Ébola, dicen, pero quién les va a creer. Ramírez y Pedro siguen en el bar, huyendo de las señoras que no hacen sino hablar de los perjuicios de la humedad y del aire tan salado.

2
De intrigar, a mí casi nada me intriga. Eso tiene mucho de ajeno, de tener la suerte de encontrarse con una cosa que sea tan increíblemente lejana que uno sienta el deseo feroz de sumergirse en ella. Pero quizá una vez, hace tiempo, cuando yo era un niño orejón y los zapatos de goma una especie de euforia futurista, algo me intrigó. Fue en casa del entonces embajador de Marruecos. Estábamos en una sala amplia, entre cojines que olían a canela y ventanales que daban a un jardín desproporcionado en el que se decía que el embajador tenía un tigre que alimentaba con reses enteras. El embajador metió la mano en el bolsillo de su bata, sacó algo invisible, me dijo mira aquí tengo un ratoncito, juntó las manos y, apretándolas, produjo un sonido extrañísimo, como un chillido que se repetía. Luego abría las manos y yo veía que no tenía nada, pero absolutamente nada entre ellas. Quedé congelado. Horas después me enseñó la forma de apretar aire entre las palmas de las manos hasta hacerlo chillar, mientras me decía con una sonrisota: el aire es algo, ¿no?
La intriga es una de las cosas que mejor puede inducir un viaje, o más bien una exploración. Últimamente no he hecho nada intrigante, tampoco he explorado ni resuelto misterios. No he visitado lugares jamás pisados ni he hablado con personajes únicos. Intenté un viaje a un pueblo del litoral pero las lluvias acabaron con la carretera y tuve que dar media vuelta. Esta lámpara de pie está corroída, sucia y maltratada, sin contar que está llena de cadáveres encandilados de insectos. Habría que desarmarla y lijarla primero. Se vería bien pintada de rojo, de rojo fuego.

3
Hace un año me tocó ir, por trabajo, a Los Roques, en uno de esos viajes a los que van la farándula y sus cámaras a torturar con sus ruidos alguna zona virgen. Rumbear, lo llaman. Recuerdo que acepté ir casi sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. Pensé nunca he ido a Los Roques, además, sería hilarante compartir un par de días con esa gente, no tanto por intriga, sino por una especie traviesa de curiosidad. Durante todo el viaje Daniela Kosán no se bajó ni un segundo del techo del catamarán: brincaba brincaba gritaba gritaba y cantaba y brincaba con los brazos en alto y un biquini rojo fuego. No paró ni un solo momento. Es una de las pocas cosas que recuerdo; el resto fue escaparme, chapotear, pasear por el pueblo, visitar un cementerio, lagunas secas y comerme el sánduche más caro de toda mi vida.

5
Agarro la pieza con cuidado, con las puntas de los dedos apenas. Pero es inútil, me mancho los dedos, la mano completa de rojo fuego y no hay nada que hacer. Esto está quedando horrible. Llegan mosquitos y se pegan, las patitas se les quedan pegadas a la pintura. Yo trato de quitarlos pero los hundo más y qué puedo hacer sino pintarles encima una tumba roja y disimular lo mejor que pueda la pequeña, minúscula protuberancia.

6
Una cosa que no es nada intrigante es un ministerio. Quiero decir, que nunca se me ocurriría ir por explorar. La intriga nace cuando ya uno está adentro y empieza a preguntarse qué hace toda esta gente todo el día, qué son cuando se salen del escritorio, qué enfermedades han tenido, qué franela usan para dormir. La última vez que fui al Ministerio del Trabajo estuve esperando un rato e inevitablemente se desató una conversación con la muchacha que tenía al lado. Ella trabajaba limpiando hogares, pero por alguna razón, un mal día la cosa se puso fea y sus patronos la atacaron por todos los flancos acusándola, rebajándola y golpeándola. Me lo contaba con tanta frescura... como si lo hubiera visto en la tele. El clímax de la pelea llegó cuando el patrono (qué riñones) tomó una patilla fresca y se la lanzó a quemarropa, la que hábilmente pudo esquivar logrando que dicha fruta —y ya sabemos hasta qué tamaño crecen las patillas en el trópico— terminara dando, cual zepelín verde por fuera rojo por dentro, contra una nevera importada de esas plateadotas. Por poco te dan tu patillazo, le dije, y se echó a reír.

7
La lámpara enciende, con nuevo vestido rojo. Tomo la novela que dejé sobre la cama en la página 185 y de pronto todo es otra vez Ramírez que sale a cubierta a fumar un cigarrillo; la niña Lela sentada en la escalera, con la mirada fija en un peldaño y con tanto mar a sus espaldas; Adriana que no quiere confesar que en realidad no está casada con Luis y los malditos marineros holandeses o noruegos que no nos dejan, por qué carajo no nos dejan pasar a los camarotes, Dios, qué intriga.