22.8.06

Sansón y los tractores

Imagen: Black Dog in Corridor, gettyimages.com

La mujer se menea, apurada. Las piernas de la mujer dan grandes zancadas que taconean el silencio. Debe estar pensando que la persigo. Quizá piensa que los pasos que escucha a sus espaldas son de unos ojos que la miran, unos ojos descomunales que le pisan los talones y es de noche. Pero decir que le pisan los talones es una exageración. Estos pies que se arrastran son de unas manos que van en dos bolsillos, buscando, y por más que buscan no encuentran el encendedor. Dónde habrá quedado, qué pantalones tan apretados, cómo hará esa mujer con la circulación. Estos pies que se arrastran son de unos ojos que van por un pasillo desolado. Un pasillo desolado siempre es algo notable, deja de ser pasillo y se convierte en pasadizo, como si el chorro de gente tuviera algún poder sobre la naturaleza del lugar. Sin embargo hay en el aire una especie de rumor, de zumbido oculto de criatura del día en plena noche, de brisas frías de cuerpos que pasan sin pasar, haciendo sentir que detrás de esos pasos que se oyen resuenan otros pasos que ya no son de uno.
Los recuerdos son algo que penetra sólo porque encuentra la puerta abierta. Por eso, en este pasillo, que no tiene nada de banco, me dispongo distraído a recordar a un hombre, una especie de hombre con quien me he encontrado las últimas dos veces que he hecho cola para cobrar un cheque. Me contó que era tractorista, y lo decía hincándose en las consonantes. Me contó que había trabajado en la construcción de un centro comercial que hoy en día suele visitar, hijas en mano y esposa al cinto, todos bizcos, atentos a la bola de helado que amenaza siempre con enfriarles las narices. La segunda vez que lo vi no me habló. Pero cuando me asomé sobre su hombro, quizás para, al fin, averiguar cuánto dinero ganaba un tractorista, descubrí que en cada mano tenía seis dedos. Del centro de cada uno de sus pulgares nacía otro más pequeño, inservible, que se doblaba como un signo de interrogación.
Fue una sombra enana lo que me sacó de ese banco. Inmediatamente supe quién era, el roce de su sequedad contra el suelo de cemento lo delató al instante. Me gusta llamarlo Sansón. Slap slap slap, sus negros pasitos no alcanzaron a resonar tanto como mis pasos en este pasadizo techado a las ocho y media de la noche.
A esta hora puede uno asistir a un discreto espectáculo. Las inmensas cajas azules que se alinean como un pelotón a punto de arremeter contra la pared de enfrente, de reventarse y abollarse en un estruendo fantástico, están desatendidas. Las inmensas cajas metálicas están llenas de libros. Las cajas están cerradas. Si fuesen las cuatro de la tarde yo estaría esquivando a tres profesores, siete estudiantes y dos cafés con leche y mi cabeza estaría permanentemente girada hacia la izquierda, leyendo títulos, pensando qué caros están los libros. Pero no hay nadie en el pasillo. Uno podría, a esta hora y con la ayuda de un pequeño tractor, llevarse todas esas cajas. Todas las cajas amontonándose, haciendo chispas en medio de la noche y todo eso fielmente retratado en el retrovisor del tractor, si es que los tractores están provistos de esa clase de espejos. Y si uno tuviera la costumbre de llevar un soplete a todas partes, sería fácil abrir las cajas y seleccionar, pasar toda la noche seleccionando. Pero me gusta más lo del tractor, alejarse silbando. Es como para salir en las noticias.
Sansón roe un inmenso hueso. Había otro perro, igual de negro aunque más grande y con collar. Una perra, creo. ¿Dónde estará? Sansón roe un inmenso hueso. Sansón no es un perro sato, como algunos creerían. Sansón no es un perro afeitado, como otros asegurarían. Sansón es un Chino crestado enano, así se llama esa raza. Si viviera en una casa acomodada sería amasado día a día con protector solar y cremas humectantes, porque eso es lo que recomiendan los libros. En cambio, algún desprevenido ha confundido su calvicie con alguna clase de sarna, y día a día lo tiñe con negro aceite quemado. ¿De qué sería capaz Sansón frente a un espejo? ¿Se ladraría hasta quedar exhausto? Sansón roe un inmenso hueso. Si Sansón no fuera tan debilucho, yo pensaría que ese inmenso hueso no es más que los restos de la cadera de su compañera, la otra perrita que ahora no se sabe dónde está y que quizá chilló roncamente, incrédula, cuando Sansón le brincó encima y la despedazó para siempre.
Pero ese hueso sanguinolento, Sansón, no es de perro. ¿De dónde lo sacaste? Siempre que me atrevo a acariciar tu cresta, esa maraña seca que me deja los dedos negros, tú cierras los ojos y levantas el hocico como si quisieras oler algo al final de la manga de mi suéter. ¿Qué imprecisa sarna llevas en la piel desnuda, Sansón, que te hace tan original, tan mirable? ¿Una sarna invisible, milagrosa, abstracta tal vez? Sansón: allá en el fondo del huequito en que duermes, en donde apenas reluce un débil brillo que recuerda a dos ojos, no te pareces en nada a ese cuerpecito negro que siempre meneas alegremente (slap slap slap) como si no supieras, como si quisieras ignorar que eres el perro más feo que jamás se haya visto. Ven, Sansón, ven aquí, acompáñame a buscar un tractor pequeño, pero uno que sea fácil de manejar, porque tú sabes que yo con esas máquinas, ni te cuento.

1 comentario:

Miriam Ardizzone dijo...

Hola Santiago, te estoy leyendo, me gusta tu narrativa y la poesía por supuesto. Me gusta la sensación que siento leyendo Detras de los erizos. Creas una atmósfera perfecta. Muy bien...