22.8.06

Página 185

Imagen: Sandía Roja (PN), por Titi Pedroche


1
Hace un sol del carajo. Sebastián conversa con Ana en el área de la piscina. El muchacho habla de sus profesores de bachillerato y Ana lo escucha aburrida, mientras piensa en Maracaibo Smith, Jamaica John y otros personajes de novelas de piratas. A estribor, en la costa, se sigue viendo la silueta de Valparaíso. La gaviota que al zarpar volaba junto a la torrecilla principal ha desaparecido. La intriga continúa: los marineros no dejan pasar a los camarotes. Virus de Ébola, dicen, pero quién les va a creer. Ramírez y Pedro siguen en el bar, huyendo de las señoras que no hacen sino hablar de los perjuicios de la humedad y del aire tan salado.

2
De intrigar, a mí casi nada me intriga. Eso tiene mucho de ajeno, de tener la suerte de encontrarse con una cosa que sea tan increíblemente lejana que uno sienta el deseo feroz de sumergirse en ella. Pero quizá una vez, hace tiempo, cuando yo era un niño orejón y los zapatos de goma una especie de euforia futurista, algo me intrigó. Fue en casa del entonces embajador de Marruecos. Estábamos en una sala amplia, entre cojines que olían a canela y ventanales que daban a un jardín desproporcionado en el que se decía que el embajador tenía un tigre que alimentaba con reses enteras. El embajador metió la mano en el bolsillo de su bata, sacó algo invisible, me dijo mira aquí tengo un ratoncito, juntó las manos y, apretándolas, produjo un sonido extrañísimo, como un chillido que se repetía. Luego abría las manos y yo veía que no tenía nada, pero absolutamente nada entre ellas. Quedé congelado. Horas después me enseñó la forma de apretar aire entre las palmas de las manos hasta hacerlo chillar, mientras me decía con una sonrisota: el aire es algo, ¿no?
La intriga es una de las cosas que mejor puede inducir un viaje, o más bien una exploración. Últimamente no he hecho nada intrigante, tampoco he explorado ni resuelto misterios. No he visitado lugares jamás pisados ni he hablado con personajes únicos. Intenté un viaje a un pueblo del litoral pero las lluvias acabaron con la carretera y tuve que dar media vuelta. Esta lámpara de pie está corroída, sucia y maltratada, sin contar que está llena de cadáveres encandilados de insectos. Habría que desarmarla y lijarla primero. Se vería bien pintada de rojo, de rojo fuego.

3
Hace un año me tocó ir, por trabajo, a Los Roques, en uno de esos viajes a los que van la farándula y sus cámaras a torturar con sus ruidos alguna zona virgen. Rumbear, lo llaman. Recuerdo que acepté ir casi sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. Pensé nunca he ido a Los Roques, además, sería hilarante compartir un par de días con esa gente, no tanto por intriga, sino por una especie traviesa de curiosidad. Durante todo el viaje Daniela Kosán no se bajó ni un segundo del techo del catamarán: brincaba brincaba gritaba gritaba y cantaba y brincaba con los brazos en alto y un biquini rojo fuego. No paró ni un solo momento. Es una de las pocas cosas que recuerdo; el resto fue escaparme, chapotear, pasear por el pueblo, visitar un cementerio, lagunas secas y comerme el sánduche más caro de toda mi vida.

5
Agarro la pieza con cuidado, con las puntas de los dedos apenas. Pero es inútil, me mancho los dedos, la mano completa de rojo fuego y no hay nada que hacer. Esto está quedando horrible. Llegan mosquitos y se pegan, las patitas se les quedan pegadas a la pintura. Yo trato de quitarlos pero los hundo más y qué puedo hacer sino pintarles encima una tumba roja y disimular lo mejor que pueda la pequeña, minúscula protuberancia.

6
Una cosa que no es nada intrigante es un ministerio. Quiero decir, que nunca se me ocurriría ir por explorar. La intriga nace cuando ya uno está adentro y empieza a preguntarse qué hace toda esta gente todo el día, qué son cuando se salen del escritorio, qué enfermedades han tenido, qué franela usan para dormir. La última vez que fui al Ministerio del Trabajo estuve esperando un rato e inevitablemente se desató una conversación con la muchacha que tenía al lado. Ella trabajaba limpiando hogares, pero por alguna razón, un mal día la cosa se puso fea y sus patronos la atacaron por todos los flancos acusándola, rebajándola y golpeándola. Me lo contaba con tanta frescura... como si lo hubiera visto en la tele. El clímax de la pelea llegó cuando el patrono (qué riñones) tomó una patilla fresca y se la lanzó a quemarropa, la que hábilmente pudo esquivar logrando que dicha fruta —y ya sabemos hasta qué tamaño crecen las patillas en el trópico— terminara dando, cual zepelín verde por fuera rojo por dentro, contra una nevera importada de esas plateadotas. Por poco te dan tu patillazo, le dije, y se echó a reír.

7
La lámpara enciende, con nuevo vestido rojo. Tomo la novela que dejé sobre la cama en la página 185 y de pronto todo es otra vez Ramírez que sale a cubierta a fumar un cigarrillo; la niña Lela sentada en la escalera, con la mirada fija en un peldaño y con tanto mar a sus espaldas; Adriana que no quiere confesar que en realidad no está casada con Luis y los malditos marineros holandeses o noruegos que no nos dejan, por qué carajo no nos dejan pasar a los camarotes, Dios, qué intriga.



4 comentarios:

lili dijo...

Eres como un buen augurio, es agradable leerte.

Anónimo dijo...

No solamente leer el libro de Santiago es agradable. También lo es escucharle, ya que como dijo una profesora de la UNEFM tanto Acosta como Mckey transmiten una frescura y una tranquilidad increible..
Lessy.

daniel dijo...

Leer esto es transportarme de nuevo a una Caracas amarilla y cálida, de esas donde solo puedes mirar las pequeñas cosas, las privadas, porque las grandes agobian demasiado. Un abrazo.

Santiago Acosta dijo...

Tienes toda la razón hermano, no lo había visto así. Un abrazo!