18 julio 2009

El sentido imposible de la voz


El lector que se acerca a Imposible de lugar (2008), el primer poemario de Claudia Sierich (Caracas, 1963), se encuentra con un lenguaje aparentemente sacado de quicio, que sólo puede comprenderse desde el abandono de cualquier idea de comprensión o de pertenencia a un cuerpo mayor de la lengua. Este libro exige una lectura particular, una manera precisa de acercarse a sus imágenes aparentemente incapturables. Como ya nos lo advertía Julio Miranda en Vida del otro (1983), “el poema es una trampa de sentido / que captura nada”. Por ello resulta significativo que el poema de Sierich titulado “El sentido de las cosas” (p. 55) hable de un “fondo oscuro”, un mar nocturno, “linternas errantes”, “tenues conos de luz” y “señas danzando nada”. Ahí está dispuesta, cual bruma, una noción particular del sentido en la poesía; aquél que surge luego de que un conjunto de cosas nos han tapado la vista, distrayendo nuestra búsqueda de la solidez que (por convención) debe tener todo sentido. Esa bruma del poema de Sierich nos lleva a leer de otra manera, entrando de lleno en lo personal de la voz.


Maurice Blanchot, en El diálogo inconcluso (1969), dice que la voz del poema “...no sólo despide representación, sino, de antemano, sentido, aunque no logre hacer más que entregarse a la locura ideal del delirio” (p. 414). La voz poética, la voz de la imagen, puede hablar desde un espacio anterior a los significados unívocos, exactos o convenidos, sin dejar nunca de despedir sentido. Por ello, quien pretenda extraer de los poemas de Claudia Sierich un supuesto “mensaje”, se alejará de ese sentido que germina en el hermetismo de sus versos. Deleuze y Guattari apuntaron que Kafka sometió al idioma alemán a un “tratamiento de lengua menor, construyendo un continuum de variación” para “hacer tartamudear la lengua, hacerla ‘piar’…, desplegar tensores en toda la lengua, incluso escrita, y obtener de ella gritos, chillidos, alturas, duraciones, timbres, acentos, intensidades” (Mil mesetas, p. 106). Variación, desencajamiento, entretejimiento, espanto, re-trazado de orillas, de mapas que nos muestran una lengua agenciada por el poema, ahuyentando lo que sabíamos sobre la imagen, sobre la belleza, la razón, el español y la poesía. Sierich crea una lengua menor desterritorializando una lengua mayor, espantándola, atenuándola para crear en el poema un estilo: una lengua dentro de otra que nos deslumbra porque la desconocíamos. En otro poema, Sierich dice: “Ahí adentro se gestan / atrocidades no permisadas / vocablos irrebatibles / engendros con/sentidos” (p. 44), como si estuviera consciente del sometimiento que veían Deleuze y Guattari en la lengua transferida y desencajada de Franz Kafka, y de todo ese engendrar de sentidos y chillidos que el escritor checo de origen judío provocaba en la lengua alemana. Sierich los llama “el murmullo de idiomas entrelazados” (p. 14). A su vez, la voz de otraImposible de lugar intenta enlazarse a las cosas, a la gente, y sobre todo a los lugares. Pero no sabemos si lo logra. Estar imposible de lugar es como estar dis-locado; que nos resulte imposible tener un terreno, quedar siempre como sacados del gozne que nos da sentido, que acalla lo que no pertenece a un cuerpo, territorio o lengua mayor: el espacio de la extranjeridad.


Siento una gran cercanía entre la poesía de Claudia Sierich y la de dos poetas venezolanas de los años setenta: Emira Rodríguez, autora de Malencuentro, pero tenía otros nombres (1975), y Lucienne Silberg, una poeta nacida en Francia y muerta en Caracas mucho antes de cumplir los treinta años, quien dejó unos pocos poemas que Juan Liscano tradujo en 1976, los cuales contienen una equivalente carga poética demoledora de lenguas y de sentidos. De la poética contenida en las tres voces pudieran hacerse interpretaciones muy similares. Como sucede en el libro de Emira Rodríguez, en Imposible de lugar son comunes las referencias a hierbas comestibles, especias, frutas, flores y aves diminutas. ¿Por qué en ambos libros, en los que parece que la voz estuviera a punto de dejar (dejar de decir, de estar, de sonar), ésta vuelve su rostro (el rostro de la voz) hacia esos elementos, como para detener su caída con ese tacto, apoyándose en esas íntimas naturalezas como en un báculo desde el cual decir, nombrar y sostenerse? Quizá estos elementos naturales sean lo más nombrable que tiene el mundo, por su consistencia y su cercanía real, física, con aquello mismo que intenta decirlos: la boca, el estómago.


La boca cumple en algunos de los poemas de Claudia Sierich un doble papel: el de nombrar y el de engullir; es decir, una función que conjura, fraguando, y otra que devora, borrando. Otro poema del libro comienza de la siguiente manera: “A la vez el pozo ofrece su boca negra / y cuando quiere fauces caminar a mi lado / ruge rayo adentro ábrete Sésamo / tan crispa corozo el abismo / bostezando otro espanto” (p. 7), y más adelante aparece una “copa salobre sangre en la boca / erizo triturado crisálida abandonada / poema silbido” (p. 10). Por eso, cuando la voz de la poeta dice “Yo desbocada / hacia regiones que intactas / murmuraban sumergidas…” (p. 11), no podemos evitar leer en ese “desbocada” una doble imagen: la mudez y el desenfreno; la primera causando el segundo, o al contrario. Desbocarse, verbo equino, se refiere al momento en que el caballo deja de obedecer porque se le ha dormido la boca. El jinete pierde toda capacidad de mando y desde ese momento el caballo es el guía, aunque no exista otra dirección que el desenfreno, o sea, el desconocimiento de la severa barra que quiere frenarles la boca. Por eso tanto pozo oscuro, amenazante: “hundí pozo en tu fondo insaciable / imágenes separadas / alhaja de impresiones secretas” (p. 19), y también tanto sorbo, comida, agasajo y mordisco. Todo es el lenguaje dormido, su lugar como un sabor; el de su imposibilidad. Así, como sobre un caballo borracho, Claudia Sierich se va por esas regiones “intactas” que “murmuran sumergidas”, como hacia una catástrofe.


Santiago Acosta

Reseña publicada en el "Papel Literario" del diario El Nacional, el sábado 18 de julio de 2009.



Tres poemas de Claudia Sierich

Trato cotidiano


Quién convocó aquí a estos personajes

por qué se han permitido usar

el tiempo y la sustancia de mi vida

Álvaro Mutis

A la vez el pozo ofrece su boca negra
y cuando quiere fauces caminar a mi lado
ruge rayo adentro ábrete Sésamo
tan crispa corozo el abismo
bostezando otro espanto.

Hay golondrinas que anidan bajo el techo.
Parecen livianas, ligeras de pensamiento.

Recojo una hoja de palma seca
fruto de oro la trastoco bandeja de golosinas
y sobre el canto del mismo cántaro callo
con un tris de sal marina
el sopetón del sinsabor.

La mesa está servida. Llegan los comensales.
El ángel abre su luminoso ojo en silencio.

A tavola brisa de agua
la maga el melodioso y la niña parlanchina.
Un nuca escanciados gestos aéreos
con humor tintinean tan bate los manteles
reza rubí algo de sombra a la sombra.

También la tarde se da la vuelta crisálida.
También la mano puede quieta en flor.

Cuando de las hojas se vuelca la hora
una noche grande valle la copa
bebe hondo goteando
cóncavo el día de puntillas tropelía
jugó la gran jugada el gran hacedor.

Cuál será tu pregunta ahora que serme
va casi de una forma casi esta vez
_________________________hasta suficiente

***


Cascada noche toda marzo

No me desheredes

El sol y el día ya sospechan de mí, lo sé

Me bebas, beberte otra vez
y también de tu agua
para mi corazón
manojo de horas imposibles
y un extraño
hasta el último horizonte

No me desoigas

Espuma noche aún incierta, ya no inocente

Porque de mí dependes
al yo pender en ti
hundí pozo en tu fondo insaciable
imágenes separadas
alhaja de impresiones secretas
y formas perfectas

Y te rocié de sed hereje
noche pozo tu agua.


***


Incitables

Lentas crujían las casas de la ciudad como galletas.
Al ritmo del tintineo de las cucharas
sobre el plato de la sopa
se difunde la cosa, el leve chasquido del líquido
fluir en mil cordones umbilicales por si pudieras oír
corazones de chicharra latiendo.
El goteo incesante percute su día desde la boca del grifo
y en las hojas rezagadas sobre el asfalto la escoba rasga
un nunca pasar de un paso atrasado.
Por entre el susurrante se propaga inexacto
que no se puede otro gruñir, estómagos
pegados al espinazo suenan melodiosos
arcos antes de herir las cuerdas
mientras un hongo gigante crepita bajo la tierra
un chistar un rechifle blandiendo sentencias
que no se saben. Cuáles son
las conversaciones, los tratos del resoplo
dejado por una sílaba rota
que rueda el ánimo, un cuchillo
silba ronca sisea se afinca
con el aliento de la piel de cebolla.

Y las olas ermitañeando en su concha
caracolada el mar.

Los oídos absortos bajo el quedo escándalo
el blanco zumbido

trazan veloces geometrías
en el transparente
y se apalabran



Sierich, Claudia. Imposible de lugar. Caracas: Monte Ávila, 2008.

Ganador del VI Concurso para Obras de Autores Inéditos
de Monte Ávila Editores, 2008. Mención Poesía.



31 marzo 2009

Regreso

Supuesta foto de Ern Malley (jacketmagazine.com)

A casi un año de la presentación del libro Detrás de los erizos y de la última entrada de este blog, aparece ante mí la posibilidad lejana de un nuevo poemario. Nada de lo que he escrito hasta ahora ha merecido la pena, y por eso el abandono total de este espacio web. Lo que he escrito aún no puede ser compartido, pero sí las lecturas y los hechos que funcionen como disparadores de esos nuevos textos poéticos. Quizá esta decisión permita que este blog tome un nuevo rumbo.
Ayer, la lectura que comenzó a sacarme de mi sopor fue un texto de Ern Malley, un poeta australiano que nunca existió, concebido para la burla por dos mediocres poetas de los años 40. El descubrimiento se lo debo a Alber Vásquez. La traducción es libre y aproximativa.


Culture as Exhibit

Swamps, marshes, borrow-pits and other
Areas of stagnant water serve
As breeding-grounds... Now
Have I found you, my Anopheles!
(There is a meaning for the circumspect)

Come, we will dance sedate quadrilles,
A pallid polka or a yelping shimmy
Over the sunken sodden breeding-grounds!
We will be wraiths and wreaths of tissue-paper
To clog the Town Council in their plans.
Culture forsooth! Albert, get my gun.

I have been noted in the reading-rooms
As a borer of calf-bound volumes
Full of scandals at the Court. (Milord
Had his hand upon that snowy globe
Milady Lucy's sinister breast...) Attendants
Have peered me over while I chewed
Back-numbers of Florentine gazettes
(Knowst not, my Lucia, that he
Who has caparisoned a nun dies
With his twankydillo at the ready?...)
But in all of this I got no culture till
I read a little pamphlet on my thighs
Entitled: Friction as a Social Process.
What? Look, my Anopheles,
See how the floor of Heav'n is thick
Inlaid with patines of etcetera...
Sting them, sting them, my Anopheles.

La cultura como exposición


“Ciénagas, pantanos, préstamos y otras
áreas de aguas estancadas sirven
como lugares para la reproducción...” ¡Ahora
que te he encontrado, mi Anopheles!
(Hay un propósito para los circunspectos)


¡Ven, bailaremos suaves contradanzas,

una pálida polca o un aullante contoneo
sobre estas empapadas, hundidas tierras de procreación!
Seremos espectros y espirales de papel
que atascarán los planes del ayuntamiento.
¡Cultura de verdad! Albert, trae mi pistola.

Se me conoce en las salas de lectura
como fatigador de volúmenes de cuero
repleto de escándalos en la corte. (Mi señor
tenía su mano sobre aquel globo nevado
el seno siniestro de mi señora Lucy...) Los presentes
me han visto mientras mascaba
números atrasados de gacetas florentinas
(¿No sabíais, mi Lucía, que aquél
quien vista elegantemente a una monja
muere con el twankydillo erguido?...)
Pero de nada de esto obtuve cultura hasta que
leí sobre mis muslos un pequeño panfleto
titulado: “La fricción como proceso social”.
¿Qué? Mira, mi Anopheles,
observa cómo es de grueso el piso del Cielo
incrustado con pátinas de etcétera....
Aguijonéalos, aguijonéalos, mi Anopheles.



08 abril 2008

Recital


Monte Ávila Editores Latinoamericana C.A.
en el marco del Salón del Libro 2008
tiene el placer de invitarles al recital de poesía

Voces Nuevas de Monte Ávila Editores Latinoamericana

Participan
Ruth Hernández Boscán
Florencio Quintero
Miguel José Márquez Franco
Santiago Acosta
Evelia Brito

Domingo 13 de abril
3:30 PM

Salón Atlántico
Centro Internacional de Exposiciones de Caracas – CIEC
Centro Rental de la Universidad Metropolitana

02 abril 2008

Presentación del libro Detrás de los erizos


Detrás de los erizos, poemario publicado por Monte Ávila Editores en la colección “Las formas del fuego” junto a otros tantos ganadores del V Concurso para Obras de Autores Inéditos 2007, acaba de imprimirse.

La presentación será el
Martes 29 de abril de 2008, a las 6:30 pm en el Celarg.

Además viene por ahí un bautizo conjunto con Vocado de orfandad de Willy McKey (Premio Fundarte 2007) y el N° 2 de El Salmón - Revista de Poesía.




Les copio la contraportada, que me pareció muy buena y me emocionó un montón:


«Desde la incertidumbre, la voz poética de Santiago Acosta tantea, busca respuestas, increpa. Es la voz de alguien para quien el mundo deviene interrogante continua, siempre allí, latente. No podría suceder de otra manera en un autor joven, convertidos sus espacios más cercanos en un tiempo de contrastes y transformaciones que atraviesan su interioridad y la someten a la dualidad de una pertenencia íntima y colectiva, a una sombra desde la cual intenta, infructuosamente, reconocerse en el otro, el poeta.
Pero con esta incertidumbre se puede leer la soledad abarcando, surgiendo detrás de cada imagen, como un fluir constante a veces avasallador, y otras, calmo mas no menos abrasivo. No es la soledad del poeta al margen, es la del poeta rodeado por lo que no comprende. Por eso tanta incertidumbre, tanto pedir “ser el que brota / el que inunda lo / impenetrado / con su lenta canción de vertiente”. Porque sabe que la poesía es el oficio de lo inacabado, y que el poeta apenas consigue balbucear la palabra dentro del mundo y de sí mismo, donde todo pertenece a la duda.»


23 enero 2008

Presentación de El Salmón - Revista de Poesía


11 octubre 2007

Esa cresta calurosa

Máscara de Agamenón, Circulo A, Micenas.




Esa cresta calurosa
que cobra gentileza sobre el ancho desfiladero
es la tarde
vigilándonos desde su recuadro
anaranjado como el mar

Tuvimos que olvidar la reunión de los sonidos
......................para preguntarnos
en la franja donde la tierra bebe
cuándo vendrás
tú que nos observas bajo los ramajes de tu cabeza
con esa mirada brusca que se cierra sobre el día

Tu silencio es una máscara de bronce
que se mece en la brisa
y brilla con el sol como un ojo abierto

Mañana vendrán las grandes rocas
y les dirás dame muerte dame
un pozo de almíbar
cuéntame entre los caídos por el ronquido del mar
pero no habrá tal cosa como el mar
y tú.......animal encendido
tendrás que tragarte
todos los metales que crecen en mi cuerpo.









Del poemario en preparación El oído del huérfano

03 octubre 2007

Recital de Poesía Masculina

27 junio 2007

Monte Ávila anuncia ganadores del Concurso para Autores Inéditos en el género de poesía


El concurso para Obras de Autores Inéditos 2007, promovido por el Ministerio de la Cultura a través de Monte Ávila Editores Latinoamericana, ya tiene ganadores en el género de poesía.
El jurado conformado por Daniuska González, Darío Lancini y Miguel Márquez dictó el veredicto el día 22 de junio de 2007. Resultaron premiadas las obras Detrás de los erizos, de Santiago Acosta y Poesía, de Evelia Eufemia Brito Padrón. Los miembros del jurado señalaron que los poemarios fueron escogidos “por la madurez de su lenguaje, la audacia en el tratamiento del tema y la autenticidad de sus propuestas”.
Una vez más, en la convocatoria del V Concurso para Obras de Autores Inéditos, hemos contribuido con el desarrollo de la poesía venezolana y con el descubrimiento de nuevo talento literario. El premio del concurso consiste en la entrega de un millón de bolívares a cada ganador y la publicación de las obras en la colección “Las formas del fuego” de Monte Ávila Editores.



Tomado el 27 de junio de la página web de Monte Ávila Editores

05 enero 2007

Piedras Blancas

Imagen tomada en el páramo de Mifafí, Mérida, en 2006


Piedras Blancas


Un hielo quieto baja la montaña
del primer valle
donde las pálidas frutas del hambre
encallaron como la Virgen de la roca

Con el musgo en la sombra
cruzamos muelles que revientan
y nos quema
ser los únicos desprendidos
las puertas más limpias.



Del poemario Detrás de los erizos (2007)

La Canal

Imagen tomada en La Sabana en 2005

La Canal


Dime qué es lo que jadea
detrás de los erizos

Cuál es la fruta oscura
que despierta
en la piel de esa torre de algas

Cuánta es la sal que se acerca
para romper el oído
de quien ya no insiste
en el espeso eslabón del aliento.



Del poemario Detrás de los erizos (2007)

22 agosto 2006

Cuatro poemas

Imagen: Sea Urchins, por J. W. Lowry



En el ruido
retrasa tus ojos

Saldrás del cruce
de rodillas
y sin sombrero
pero con la blanca
manera de soltar hacia arriba
tu mano abierta.

...........................................................


Cruza sin que el tallo acueste
ni se abra un gesto en vez del cuerpo

Deja que esa cadena de piedra
estalle en breves tripas

hasta que escapar sea
verde
como si respirar fuese el aire.

...........................................................

Siempre que atravieso tus pasillos
me alcanza
un puñado de ventanas nerviosas

Al fondo vigila una lámpara
negra como una garza de tinta
que se eleva entre sillas
y santos

Sentarse ahí es el asma hundida
bajo un techo que finge crecer.

...........................................................

Entre las muelas de la tarde
crece la piel
de los nunca delatados
incendios

Mandíbula
único arco que se inflama
también tengo que llevarte.


Del poemario Detrás de los erizos (2007)



Imagen: Cortes esquemáticos del erizo de mar (Paracentrotus lividus)

Siete noches


1


Estoy en una ciudad europea bajo la cual corre mucha agua gracias a un impecable sistema de drenajes y alcantarillas. Es una mezcla entre Madrid, Venecia y el centro de Caracas. Me asomo a dos desagües y veo lo mismo: tiburones muertos, podridos contra las rejas de los drenajes. Los dientes se les han comenzado a caer y el olor es insoportable.


2

Estoy en una playa y entro en un tronco inmenso y podrido. Se me acerca una especie de hongo-anémona, blando y hermoso, que comienza a frotarse contra mi rostro. Al principio me inquieta que pueda ser venenoso, pero dejo que se frote cada vez con más fuerza, como si estuviera excitado. Se va poniendo rojo. Tiembla. Estalla en colores. Se convierte en una muchacha, dormida y satisfecha. Yo me quedo mirándola, enamorado hasta el mareo.


3

Estoy con mi madre en un museo. El lado izquierdo del pasillo es una vitrina llena de vasijas y tejidos primitivos (pero impecables, casi falsos). El lado derecho es una vitrina llena de objetos modernos como armas, carpas y lámparas de excursión. Mi madre va examinando tejidos, frotando vasijas, volteando todo lo que hay en el lado izquierdo, como si buscara algo auténtico o un grano de polvo. Suena una alarma.


4

Estoy en casa de mis abuelos. En una de las repisas de la biblioteca hay un grupo de pichones de pato. En el suelo hay muchos conejos. Debo estar alerta porque si un pichón llega a caer al suelo los conejos se lo comerán. Y se caen a cada momento. Tengo que levantarme varias veces a recogerlos porque los conejos están hambrientos y los miran, inmóviles.

5

Estoy acostado en una cama que no es mía en una casa que apenas conozco. Detrás de mí, en una cama más pequeña, duerme un niño de once años. El televisor muestra una coreografía de mujeres desnudas. Me duermo. Sueño que entra una estampida de toros descomunales, suaves y blancos. Atraviesan la casa. Afuera dos hombres guían a algunos hacia la derecha y a otros hacia la izquierda. En ese momento me quedo dormido. Sueño que uno de los toros me lame la oreja, saboreándome y acariciándome con sus belfos tibios. Despierto. Vuelvo a despertar. Finalmente, despierto.

6

Estoy en una isla. Sobre la arena encuentro un huevo esférico y transparente: dentro hay una mínima tortuga congelada en un cubo de hielo. Abro la esfera y desecho la tortuga; mi novia me lo reprocha. Luego organizo un bolso negro y digo que voy a buscar a mi león. Quiero buscar a mi león para pasearlo por la playa, digo. Lo encuentro dormido y acaricio su pelaje dorado y ensortijado hasta que se despierta. Le pongo el arnés y comenzamos a caminar. No sé si tendré fuerza para aguantarlo. Quizá esto sea peligroso, pienso. Se suelta. Corre hacia un grupo de gente.

7

Estoy en una habitación de hotel. Es hora de irme. Recojo mis miles de cosas y las voy metiendo en una maleta. Balones de fútbol, guías telefónicas, máscaras de arcilla. Descubro que la gaveta de la mesa de noche tiene un doble fondo. Lo levanto y debajo encuentro unos lentes, que confundo con los que mi padre ha perdido hace unas horas, pero no son. También encuentro cartuchos de balas y recortes de periódico del día anterior. Golpean la puerta.

Sansón y los tractores

Imagen: Black Dog in Corridor, gettyimages.com

La mujer se menea, apurada. Las piernas de la mujer dan grandes zancadas que taconean el silencio. Debe estar pensando que la persigo. Quizá piensa que los pasos que escucha a sus espaldas son de unos ojos que la miran, unos ojos descomunales que le pisan los talones y es de noche. Pero decir que le pisan los talones es una exageración. Estos pies que se arrastran son de unas manos que van en dos bolsillos, buscando, y por más que buscan no encuentran el encendedor. Dónde habrá quedado, qué pantalones tan apretados, cómo hará esa mujer con la circulación. Estos pies que se arrastran son de unos ojos que van por un pasillo desolado. Un pasillo desolado siempre es algo notable, deja de ser pasillo y se convierte en pasadizo, como si el chorro de gente tuviera algún poder sobre la naturaleza del lugar. Sin embargo hay en el aire una especie de rumor, de zumbido oculto de criatura del día en plena noche, de brisas frías de cuerpos que pasan sin pasar, haciendo sentir que detrás de esos pasos que se oyen resuenan otros pasos que ya no son de uno.
Los recuerdos son algo que penetra sólo porque encuentra la puerta abierta. Por eso, en este pasillo, que no tiene nada de banco, me dispongo distraído a recordar a un hombre, una especie de hombre con quien me he encontrado las últimas dos veces que he hecho cola para cobrar un cheque. Me contó que era tractorista, y lo decía hincándose en las consonantes. Me contó que había trabajado en la construcción de un centro comercial que hoy en día suele visitar, hijas en mano y esposa al cinto, todos bizcos, atentos a la bola de helado que amenaza siempre con enfriarles las narices. La segunda vez que lo vi no me habló. Pero cuando me asomé sobre su hombro, quizás para, al fin, averiguar cuánto dinero ganaba un tractorista, descubrí que en cada mano tenía seis dedos. Del centro de cada uno de sus pulgares nacía otro más pequeño, inservible, que se doblaba como un signo de interrogación.
Fue una sombra enana lo que me sacó de ese banco. Inmediatamente supe quién era, el roce de su sequedad contra el suelo de cemento lo delató al instante. Me gusta llamarlo Sansón. Slap slap slap, sus negros pasitos no alcanzaron a resonar tanto como mis pasos en este pasadizo techado a las ocho y media de la noche.
A esta hora puede uno asistir a un discreto espectáculo. Las inmensas cajas azules que se alinean como un pelotón a punto de arremeter contra la pared de enfrente, de reventarse y abollarse en un estruendo fantástico, están desatendidas. Las inmensas cajas metálicas están llenas de libros. Las cajas están cerradas. Si fuesen las cuatro de la tarde yo estaría esquivando a tres profesores, siete estudiantes y dos cafés con leche y mi cabeza estaría permanentemente girada hacia la izquierda, leyendo títulos, pensando qué caros están los libros. Pero no hay nadie en el pasillo. Uno podría, a esta hora y con la ayuda de un pequeño tractor, llevarse todas esas cajas. Todas las cajas amontonándose, haciendo chispas en medio de la noche y todo eso fielmente retratado en el retrovisor del tractor, si es que los tractores están provistos de esa clase de espejos. Y si uno tuviera la costumbre de llevar un soplete a todas partes, sería fácil abrir las cajas y seleccionar, pasar toda la noche seleccionando. Pero me gusta más lo del tractor, alejarse silbando. Es como para salir en las noticias.
Sansón roe un inmenso hueso. Había otro perro, igual de negro aunque más grande y con collar. Una perra, creo. ¿Dónde estará? Sansón roe un inmenso hueso. Sansón no es un perro sato, como algunos creerían. Sansón no es un perro afeitado, como otros asegurarían. Sansón es un Chino crestado enano, así se llama esa raza. Si viviera en una casa acomodada sería amasado día a día con protector solar y cremas humectantes, porque eso es lo que recomiendan los libros. En cambio, algún desprevenido ha confundido su calvicie con alguna clase de sarna, y día a día lo tiñe con negro aceite quemado. ¿De qué sería capaz Sansón frente a un espejo? ¿Se ladraría hasta quedar exhausto? Sansón roe un inmenso hueso. Si Sansón no fuera tan debilucho, yo pensaría que ese inmenso hueso no es más que los restos de la cadera de su compañera, la otra perrita que ahora no se sabe dónde está y que quizá chilló roncamente, incrédula, cuando Sansón le brincó encima y la despedazó para siempre.
Pero ese hueso sanguinolento, Sansón, no es de perro. ¿De dónde lo sacaste? Siempre que me atrevo a acariciar tu cresta, esa maraña seca que me deja los dedos negros, tú cierras los ojos y levantas el hocico como si quisieras oler algo al final de la manga de mi suéter. ¿Qué imprecisa sarna llevas en la piel desnuda, Sansón, que te hace tan original, tan mirable? ¿Una sarna invisible, milagrosa, abstracta tal vez? Sansón: allá en el fondo del huequito en que duermes, en donde apenas reluce un débil brillo que recuerda a dos ojos, no te pareces en nada a ese cuerpecito negro que siempre meneas alegremente (slap slap slap) como si no supieras, como si quisieras ignorar que eres el perro más feo que jamás se haya visto. Ven, Sansón, ven aquí, acompáñame a buscar un tractor pequeño, pero uno que sea fácil de manejar, porque tú sabes que yo con esas máquinas, ni te cuento.

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Imagen: Sandía Roja (PN), por Titi Pedroche






1
Hace un sol del carajo. Sebastián conversa con Ana en el área de la piscina. El muchacho habla de sus profesores de bachillerato y Ana lo escucha aburrida, mientras piensa en Maracaibo Smith, Jamaica John y otros personajes de novelas de piratas. A estribor, en la costa, se sigue viendo la silueta de Valparaíso. La gaviota que al zarpar volaba junto a la torrecilla principal ha desaparecido. La intriga continúa: los marineros no dejan pasar a los camarotes. Virus de Ébola, dicen, pero quién les va a creer. Ramírez y Pedro siguen en el bar, huyendo de las señoras que no hacen sino hablar de los perjuicios de la humedad y del aire tan salado.

2
De intrigar, a mí casi nada me intriga. Eso tiene mucho de ajeno, de tener la suerte de encontrarse con una cosa que sea tan increíblemente lejana que uno sienta el deseo feroz de sumergirse en ella. Pero quizá una vez, hace tiempo, cuando yo era un niño orejón y los zapatos de goma una especie de euforia futurista, algo me intrigó. Fue en casa del entonces embajador de Marruecos. Estábamos en una sala amplia, entre cojines que olían a canela y ventanales que daban a un jardín desproporcionado en el que se decía que el embajador tenía un tigre que alimentaba con reses enteras. El embajador metió la mano en el bolsillo de su bata, sacó algo invisible, me dijo mira aquí tengo un ratoncito, juntó las manos y, apretándolas, produjo un sonido extrañísimo, como un chillido que se repetía. Luego abría las manos y yo veía que no tenía nada, pero absolutamente nada entre ellas. Quedé congelado. Horas después me enseñó la forma de apretar aire entre las palmas de las manos hasta hacerlo chillar, mientras me decía con una sonrisota: el aire es algo, ¿no?
La intriga es una de las cosas que mejor puede inducir un viaje, o más bien una exploración. Últimamente no he hecho nada intrigante, tampoco he explorado ni resuelto misterios. No he visitado lugares jamás pisados ni he hablado con personajes únicos. Intenté un viaje a un pueblo del litoral pero las lluvias acabaron con la carretera y tuve que dar media vuelta. Esta lámpara de pie está corroída, sucia y maltratada, sin contar que está llena de cadáveres encandilados de insectos. Habría que desarmarla y lijarla primero. Se vería bien pintada de rojo, de rojo fuego.

3
Hace un año me tocó ir, por trabajo, a Los Roques, en uno de esos viajes a los que van la farándula y sus cámaras a torturar con sus ruidos alguna zona virgen. Rumbear, lo llaman. Recuerdo que acepté ir casi sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. Pensé nunca he ido a Los Roques, además, sería hilarante compartir un par de días con esa gente, no tanto por intriga, sino por una especie traviesa de curiosidad. Durante todo el viaje Daniela Kosán no se bajó ni un segundo del techo del catamarán: brincaba brincaba gritaba gritaba y cantaba y brincaba con los brazos en alto y un biquini rojo fuego. No paró ni un solo momento. Es una de las pocas cosas que recuerdo; el resto fue escaparme, chapotear, pasear por el pueblo, visitar un cementerio, lagunas secas y comerme el sánduche más caro de toda mi vida.

5
Agarro la pieza con cuidado, con las puntas de los dedos apenas. Pero es inútil, me mancho los dedos, la mano completa de rojo fuego y no hay nada que hacer. Esto está quedando horrible. Llegan mosquitos y se pegan, las patitas se les quedan pegadas a la pintura. Yo trato de quitarlos pero los hundo más y qué puedo hacer sino pintarles encima una tumba roja y disimular lo mejor que pueda la pequeña, minúscula protuberancia.

6
Una cosa que no es nada intrigante es un ministerio. Quiero decir, que nunca se me ocurriría ir por explorar. La intriga nace cuando ya uno está adentro y empieza a preguntarse qué hace toda esta gente todo el día, qué son cuando se salen del escritorio, qué enfermedades han tenido, qué franela usan para dormir. La última vez que fui al Ministerio del Trabajo estuve esperando un rato e inevitablemente se desató una conversación con la muchacha que tenía al lado. Ella trabajaba limpiando hogares, pero por alguna razón, un mal día la cosa se puso fea y sus patronos la atacaron por todos los flancos acusándola, rebajándola y golpeándola. Me lo contaba con tanta frescura... como si lo hubiera visto en la tele. El clímax de la pelea llegó cuando el patrono (qué riñones) tomó una patilla fresca y se la lanzó a quemarropa, la que hábilmente pudo esquivar logrando que dicha fruta —y ya sabemos hasta qué tamaño crecen las patillas en el trópico— terminara dando, cual zepelín verde por fuera rojo por dentro, contra una nevera importada de esas plateadotas. Por poco te dan tu patillazo, le dije, y se echó a reír.

7
La lámpara enciende, con nuevo vestido rojo. Tomo la novela que dejé sobre la cama en la página 185 y de pronto todo es otra vez Ramírez que sale a cubierta a fumar un cigarrillo; la niña Lela sentada en la escalera, con la mirada fija en un peldaño y con tanto mar a sus espaldas; Adriana que no quiere confesar que en realidad no está casada con Luis y los malditos marineros holandeses o noruegos que no nos dejan, por qué carajo no nos dejan pasar a los camarotes, Dios, qué intriga.



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