La Loca. Fuente: tomicabajsic.com
El ácido hoy
es entretenimiento a la moda
pero en 1967
tomarlo era una experiencia eucarística
que nos hacía visionarios
Mi amiga y yo solíamos arreglarnos
para caer en
Haight
y oh sí
los Negros sabían quiénes éramos
pero los chicos blancos eran estúpidos
Yo fui concebida en San Fernando
Mi madre, soltera, no me abortó
porque Tijuana era inasequible
Me metieron en una cuna de invisibilidad
me alimentaron con teteros de aspirina y germicidas
Mis niñeras fueron tubos catódicos
Llegué a la adolescencia
gracias a Bandini y a los rociadores
En 1967 atravesé el cristal de una ventana
y comenzó mi desengaño
Vi a la Madre Tierra y al Gran Hermano
y
corté mis raíces, acuñadas en el concreto
de Sunset Boulevard
para ir con mi amiga
de Berkeley a San Francisco
pidiendo cola
y descubrimos
que los Negros eran geniales
y que
los chicos Blancos eran producidos en masa
y regaban el césped artificialmente
con largas mangueras verdes
en el oeste de Los Ángeles
Ahí estaba yo, en el salón Avalon
toda de clásico satén rosa, cuero y pachuli
pionera de la revolución sexual
Solía ser la querida del sátiro, media-mujer
y el satén rosa colgaba
sobre mi cuerpo
como una intención
Tragaba lisérgico de desayuno, almuerzo y cena
Yo era una calle sin salida en los extrarradios del establishment
y la moral era algo sujeto a interpretaciones
En mi barrio, si andabas con cualquiera, eras una puta
Pero yo era una inmigrante, y ahora
observaba los aviones cargados de chicos blancos
despegando desde Hamilton High
Ellos eran la vanguardia
de la Revolución
Bajaban del avión
vistiendo raídas camisas de trabajo
arremangadas
y una Shell Oil, una Bankamericar,
una Mastercharge en los bolsillos traseros
con los nombres de sus padres
Cargamentos de revolucionarios
En las misas matutinas citaban a Marcuse y a Huey Newton
En las vespertinas, les ordenaban a las chicas de
San Fernando que
se cogieran a todo el mundo
No obedecer era fascismo
Yo observaba los cargamentos de chicos blancos
despegando de Hamilton High
Todos los chicos de mi escuela fueron enviados a Vietnam
Y yo estaba en Berkeley, cogiéndome a jovencitos blancos
que protestaban por la paz
En la cama, las manos pusilánimes de los que manifestaban contra la guerra
me enseñaron filosofía marxista:
Nuestros barrios sentencian nuestras vidas
Este era su escenario y ellos eran políticos
Yo era una aparición con orificios
Sabía que, en sus corazones, todos eran vendedores de seguros
y morirían de infarto
De todas formas yo se los mamaba, porque
yo era consciente
algo confirmado por mi ingesta de ácido
¡Yo no era ninguna campesina!
Se los mamé a esos jovencitos blancos
y ellos me llenaron la cabeza de comunismo
Me informaron que los pobres no tenían
dinero y que estaban siendo oprimidos
Había negros y chicanos
y algunas mujeres tenían niños ilegítimos
Mientras tanto, mis muslos eran cachorros
con sed de sangre
que nunca tendrían suficiente
y aquellos pequeños comunistas eran tacaños
Tenía diecisiete años
y quería ver el mundo
Mi florecimiento fue químico
Aprendí de promiscuidad y de medicina
Atravesé más ventanas
y todo se puso realmente oracular
En 1968
una noche
el chamán puso alguna mierda santa sobre mí y wow
supe que
en 1985
el mundo aún sería blanco, germicidamente
blanco
Que el ethos de la abundancia
era un imborrable
rasgo de chico blanco
como los ojos azules
Que los Volkswagen serían reemplazados por
Ferraris
y serían conducidos con el mismo
arrogante coraje que lloriqueaba a las puertas
del Fillmore, viéndose bien
Yo conocía a esos tipos, los conocí cuando tenían afiches del
Che Guevara sobre sus camas
Todos tenían afiches del Che Guevara sobre
sus camas
Y yo miraba los ojos negros del Che toda la
noche mientras permanecía acostada en esas camas,
ignorada.
Ahora esos tipos tienen sus nombres en puertas de pisos 18 de
alguna torre en Encino
Tienen ex esposas y dealers
Hasta mi amiga se casó en Van Nuys con el dueño de un conjunto residencial
En la nomenclatura correcta que usaría un teórico marxista blanco, yo era
una ramera.
A las chicas ricas las llamaban “liberadas”.
Yo era una mujer de San Fernando
y los Negros de San Francisco y yo
teníamos mucho en común
Nuestros ojos, por ejemplo,
dilatados
con la opacidad del “jódete”
Yo los veía y ellos me veían
No necesitábamos un oftalmólogo para hacer el amor
Nos acostábamos sobre fundaciones de
visibilidad
y nuestra cogida
no era ninguna hipótesis
Ahora que yo era mundana
deseaba corregir
los ojos azules y nerviosos que volaron desde
Brentwood
para ver a Hendrix
pero
cuando los veía fijamente
siempre perdían foco
y se ponían claros y más claros
y
no me extraña que Malcolm los llamara Diablos.
Lea el poema en inglés aquí.




